Existir para complacer. Andre Agassi lo tuvo todo y al mismo tiempo, nada. Jugó al tenis, devolvió una infinidad de pelotas golpeadas por el coraje del éxito necesario para sobrevivir en una competencia con su cabeza, lo conquistó todo, fue el mejor y se retiró sin la felicidad prometida por su padre, un hombre urgido de la satisfacción que nunca ganaron sus puños en el boxeo. Cuando Andre estuvo listo, se quitó la peluca, abrió la puerta, soltó los demonios de su infierno en una autobiografía y pidió un abrazo.

Un abrazo simbólico, claro, la comprensión después de confesar que mientras iba de torneo en torneo se drogaba con metanfetaminas, el “cristal” que le presentó su asistente Slim, así lo refiere en el libro. Fue en 1997, el peor de su carrera, y se convirtió en un refugio: “Nunca me sentí tan vivo, tan esperanzado… nunca sentí tanta energía”; el hombre que para entonces había alcanzado la cima mundial y tres de los Grand Slams, tan anhelados mientras los veía en otras manos, odiaba lo que era en el deporte que nunca quiso para su vida; cayó al 141 del ranking. La droga no ayudó al estadounidense a jugar como lo hacía, al nivel de los más grandes -su lugar en la historia- pero Navratilova y Nadal fueron duros al sentenciar la mentira añeja, él dice que se liberó para evitar la caída de otros.

Agassi tuvo suerte, la que no han tenido ahora otros como Sharapova. La Agencia Mundial Antidopaje no existía y sin la vigilancia de la Federación Internacional de Tenis, la ATP decidió olvidar el episodio con la droga recreativa, después de leer una carta llena de falsedad. El jugador vendió bien su imagen y el tenis que entregaba en la cancha, argumentó que el cristal había llegado por error a una de sus bebidas, servidas por su asistente. Agassi ganó, nadie lo supo hasta que él quiso, entonces perdió ante sus colegas

¿Qué importaba ya? Su tiempo en las canchas estaba terminado, su imagen realmente nunca le perteneció. Esa larga cabellera rubia y desordenada era una peluca, el escudo contra el escarnio, la cobertura de la calvicie que lo angustiaba. Las licras fosforescentes debajo de los shorts nada discretos, las camiseta y las bandas multicolores servían para ocultar la vulnerabilidad difícil de imaginar en un tipo que golpeaba con potencia y desde el fondo cada bola. Se desnudó para quien quisiera leer Open, aquella biografía publicada en 2009, a partir de cientos de conversaciones grabadas por el ganador del premio Pullitzer que vivió junto a él por tres años, J. R. Moehringer, con la misión de describirlo tal y como quería ser destruido para reconstruirse más tarde.

Era apenas un niño de siete años, con una melena castaña y ojos expresivos, cuando el “dragón” apareció “tiene cerebro, voluntad propia, un corazón negro y una voz espantosa”; la máquina que lanzaba pelotas a 180 kilómetros por hora, utilizada por su padre en los extenuantes entrenamientos de la perfección, el objetivo era golpear un millón de bolas en un año, eso debía formar el camino hasta el liderato, un anhelo que debía compartir sin sentirlo. El número dos sólo servía para la mediocridad y también por eso lo obligó a consumir speed a los once años, una droga con potentes estimulantes. El “dragón” encendía su deseo por escapar… a través de la victoria.

Llevaba la mitad de la vida en espera del momento, el ingreso al ranking de profesionales, había sido parte de un campamento con métodos militares en la adolescencia, el del entrenador estadounidense Nick Bollettieri, un formador de estrellas a costo reprochable. Ahí encontró también la máscara de la irreverencia con los ojos pintados y un llamativo arete que colgaba de su oreja, con todo, a los 16 se halló entre los cien mejores del mundo, poco después, en 1990, temblando de miedo previo a la final de Roland Garros en la Philippe Chatrier porque requería horquillas para sujetar su peluca, Agassi tenía prohibido el ridículo y perdió en ese juego.

Entre los ocho títulos de Grand Slam, la medalla olímpica en Atlanta y las 101 semanas como rey del ranking, Agassi llevó siempre al enemigo en la mente, pero se encontró desde niño con su contraparte, Pete Sampras: discreto, cortés y un gran sacador. Una de las rivalidades más disfrutadas en la historia del tenis resultó en cinco finales de Grand Slam, cuatro de ellas conquistadas por Pete en palpitantes duelos, excepto la de Australia en 1995, cuando decidió por fin desprenderse del disfraz de su cabello y resultó. “Él era el único jugador contra el que sentía que podía perder incluso jugando mi mejor tenis”, reconocería Andre.

Pudo voltear a cualquier parte, pero miró a la mejor, Steffi Graf fue el amor que guardó sin confesar, lo mantuvo pese al rechazo y revivió tras el fallido matrimonio con la actriz Brooke Shields, opaco en el ambiente hollywoodense de la exigencia económica y social. Graf, su esposa desde el 2001, ha sido más que un hombro, una guía de superación de un destino que nunca pudo elegir, la mujer de la que vive enamorado junto a sus dos hijos.

Septiembre del 2006, Agassi, número 29 del ranking, golpeó la última pelota como profesional. La amenaza había sido lanzada, si lo vencían en el US Open, suyo en dos ocasiones, era el final… y lo dictó Benjamin Becker, el 112 del mundo. Bajo los rayos del sol del Arthur Ashe repleto, soltó desconsolado las lágrimas del adiós sobre la silla de descanso, el físico no daba para más y el alma la dejó en su mensaje de despedida, gratitud pura. Después describiría al retiro como la agonía: “No recuerdas la vida sin el tenis. Es la única cosa que haces. Entonces un día se termina y no tienes idea de lo que hay del otro lado porque ni siquiera te reconoces sin esto”.

El ganador que compartió con McEnroe, Connors, Becker, Lendl, enfrentó a Sampras y Courier, todavía junto a Federer y Nadal, se confesó prisionero durante más de 21 años en un “régimen de aislamiento”, el de la línea fondo y las paralelas. Hacia su captor niega resentimiento. No quiere convertirse en uno.

Comunicóloga. Reportera. Antes en: juanfutbol, VICE en Español, Cámara Húngara, Goal en Español, Referee. Contacto: an.cmanjarrezt@gmail.com, Tw: @_anniemals

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