A poco menos de un año de abrir las puertas a su afición por primera vez, el apodado Gigante de Acero estaba listo para su primera final; la cuenta de títulos del Monterrey se detuvo en cuatro en 2010 y aunque parecía perfecta la ocasión, Pachuca borró la idea con un gol al 93. La fiesta característica de los fieles se apagó, las caras pintadas bicolor no resistieron las lágrimas y se deslavaron, en la tribuna los hijos consolaban a los padres y al revés. Uno de las sucesos más dolorosos en su historia reunió a 500 aficionados en la Macroplaza en ausencia de la verbena planeada. Ahí en donde todos los días y a todas horas se respira futbol, el juego demostró que puede ser cruel incluso con quienes aman tanto.

En Monterrey parece que nada cambia a pesar de las derrotas en sus últimas dos finales, el poder de convocatoria sólo puede ser comparado con el que despierta el vecino en la ciudad, con un estadio de menor capacidad, y el de mayor afición en México; los números oficiales indican que 297,879 personas han asistido por sus colores y en menor medida por los ajenos, a los seis partidos como local del presente torneo. Ninguno en la Liga ha conseguido esa cifra. Los costos no son impedimento, quienes adquirieron abono tuvieron que invertir de 4,500 a 12 mil pesos a cambio de un lugar en el recinto para 51,348 personas.

El Estadio Tecnológico fue su casa desde que el nombre no infundía temor y hasta ser rivales al nivel de clubes de reputación mundial. El balón aún no rodaba y los ocasionales tenían que conformarse con la televisión porque los abonos se agotaban a cualquier costo, ahora que hay asientos para todos, crecen nuevas aficiones fuera del sillón. Es tan inusual la soledad para Monterrey que una pobre entrada se vuelve noticia. ¿Cómo le hace Rayados? Sus fieles responden: pasión. La palabra tan desgastada por el uso trivial define apenas lo que genera un día de partido en la ciudad.

Para Víctor Manuel Olague, médico ortopedista, radicado en Nuevo León, el ritual lo es desde hace 35 años, se trata de ponerse la camiseta desde temprano, reunirse con los amigos, revisar la alineación y mirar el reloj hasta que llega la hora. Que nadie se atreva a tocar el día en que juega Rayados. “En Monterrey ocurre algo muy especial, el día de partido es sagrado, es una tradición, podrás faltar a cualquier lado menos al partido. Parece más apasionado de lo normal, de lo racional, pero es así”. El amor por el equipo se lo heredó su padre, un aficionado con abono vitalicio que se rodea de la familia y los amigos en el estadio.

En Nuevo León eres Tigre o Rayado, no hay más, y los colores son identidad antes de comprender el fuera de lugar, cuando patear un balón es diversión. Víctor hoy cuenta el futbol desde su primer ídolo: “Bahía”. Mario de Souza jugó durante ocho años en el club, fue campeón en el 86 y es el segundo máximo anotador en la historia de Monterrey. Ese título conquistado contra Tampico es uno de sus mejores recuerdos, ahí, aunque ya lo sabía, se definió: “es el equipo de mis amores y no lo voy a cambiar nunca”.

El primero fue “Bahía”, pero en el corazón lleva a Humberto Suazo, el goleador chileno que hizo olvidar la presión por el bajo rendimiento y cambió las malas caras por ovaciones. No es cosa fácil convencer a la afición, cuenta Víctor, aunque de fuera parezca que no existe exigencia porque siguen. “La gente conoce mucho de futbol, tú te sientas en las butacas y la gente sabe distinguir la línea de cuatro, jugar con doble contención… porque aquí se habla de futbol desde las siete de la mañana hasta las ocho de la noche, prensa, radio, televisión, se está hablando de futbol y la gente es muy entendida de lo táctico, entonces es muy exigente, y llenamos el estadio porque amamos al equipo, pero exigimos de la misma manera”.

Colgar mantas fuera de los campos de entrenamiento y en la ciudad ha sido una forma de expresar la inconformidad de los seguidores frente a los malos resultados: “Marlon de Jesús, regrésate a Ecuador, aquí en Monterrey no sirves”, decía una en 2014, cuando el refuerzo ecuatoriano estuvo desaparecido en el juego. “Estadio de millones, directivo de pesos, técnico de centavos”, “menos palabras y más futbol”, ¿Femsa, ¿y la inteligencia deportiva?”, han exhibido otras en los últimos años. En el estadio se manifiestan con abucheos sin considerarlo una forma de darle la espalda a su equipo, es exigir entrega. Edwin Cardona lo experimenta actualmente: “hay jugadores que se sobreponen a la presión, hay jugadores que se vienen abajo por los abucheos, por la crítica durante la semana porque aquí no nada más es el día de partido, es toda la semana, los medios son muy críticos, muy incisivos, a veces un poquito injustos”, comenta Víctor Manuel.

Juan Manuel Solís es estudiante, tiene 20 años y su pasión por Rayados, como él lo define, comenzó desde los tres años. “Mi papá comenzó a llevarme al Tecnológico y de ahí no pude despegarme de ningún partido, ya fuera de local en el estadio, o de visita por televisión”. Su historia con esta camiseta la marcó también el “Chupete”, su técnica, la entrega y cómo podía cargarse a todo el plantel sobre los hombros cuando los nombres no eran lo que ahora.

Para él, cada juego empieza un par de días antes con la emoción del fin de semana, los deseos de regresar al estadio y compartir del futbol al lado de su padre. “No es lo mismo cuando no he podido ver un partido con él ya sea al acudir al estadio o al verlo por televisión, sin embargo, al final del día no se nos puede escapar nuestra conversación para decir qué opinamos sobre el partido y sobre el desempeño de los jugadores”.

Sobre el costo de ser Rayado, ninguno tiene problema en admitir que invierte cerca de 30 mil pesos al año entre abono, camisetas, gastos dentro del estadio y viajes, ¿que si vale la pena? “Es nuestra pasión, para eso vivimos en Monterrey”, dice Víctor Manuel Olague. La prueba está en el último partido contra Guadalajara, la transmisión por primera vez ocurrió en pago por evento desde Chivas TV a cambio de 200 pesos y de acuerdo con datos del equipo tapatío, el 45% de los espectadores fueron rivales.

Verano del 2001, Estadio Tecnológico, mientras cumplía con un partido de suspensión, Antonio De Nigris se sumó a los cantos de La Adicción, Carlos Valdes “Cavo Rayado” le abrió paso en la tribuna. El “Tano” como uno más agitaba la camiseta, sonreía y juntos, hombro a hombro, disfrutaron del encuentro que permanece en su memoria… el día en que un jugador la hizo de aficionado. Carlos tiene hoy 38 años, dice que Monterrey es “todo. Mi tipo de vida, mis amigos, la gente que gira alrededor de mí los 365 días” y De Nigris, fallecido hace seis años, es su principal referente.

Así se cuenta la fidelidad en el norte de México. En un estado que habla de futbol desde que amanece, Rayados es líder en cantidad. No es la plantilla de millones ni el estadio novedoso, es su identidad la que convoca a miles sólo por un entrenamiento.

Comunicóloga. Reportera. Antes en: juanfutbol, VICE en Español, Cámara Húngara, Goal en Español, Referee. Contacto: an.cmanjarrezt@gmail.com, Tw: @_anniemals

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