Bob Beamon, un salto que parece eterno

El atleta del dorsal 254 cayó sobre la pista del Estadio Olímpico Universitario. Las piernas no le respondieron al intentar levantarse, se llevó las manos al rostro y lloró mientras su compañero de equipo buscaba ponerlo en pie. La felicidad inundó su cuerpo, la energía estuvo al límite. Así celebró que aquel 18 de octubre de 1968, en México, se convirtió en el mejor del mundo, 20 minutos antes había roto el récord olímpico de salto de longitud.

El hombre negro que vestía camiseta azul marino con las letras USA en el pecho y short blanco era Bob Beamon, su inigualable vuelo ocurrió a las 15:46, al primer intento. La altitud de la Ciudad de México, más de 2,300 metros, fue un guiño a su objetivo cuando el cielo comenzó a nublarse y la lluvia se anunció, el aire era más ligero. Él esperaba en silencio por su momento, soltó los brazos, encorvó el cuerpo para tomar impulso, corrió como nunca y con 19 zancadas logró suspenderse en el aire por 93 centésimas de segundo -la sensación fue de eternidad-, despegó lejos, tan lejos que el medidor óptico, recién integrado a las competencias, no fue suficiente. Dio dos saltos pequeños para salir del foso y trotó hasta la zona de espera sin reconocerse héroe.

El salto fue válido, la velocidad del aire estaba dentro del límite: 2 metros por segundo, los jueces resolvieron el problema de medición con una cinta métrica tradicional, una necesidad no prevista, mientras la cabeza de Beamon hacía cuentas: “creí que había saltado, tal vez, 27 pies y 10 pulgadas (8.48 metros)”, pero su compañero de equipo y mentor, Ralph Boston le adelantó la grandeza de su actuación. Tras casi 20 minutos de espera, la cifra apareció en la pantalla del Universitario: 8.90 metros, pero él desconocía el sistema métrico usado en México y comprendió la magnitud hasta que sus colegas le informaron que había superado la marca mundial por 55 centímetros. Un récord que ningún otro atleta ha conseguido en Juegos Olímpicos.

En el peldaño más alto apareció el afroamericano Beamon para recibir el oro, con las calcetas negras sobre el pantalón como protesta contra el racismo. Eran los juegos del Black Power. Apenas cuatro meses antes, la Universidad del Paso, Texas había suspendido al atleta de 22 años porque se negó a participar en una competencia contra la Universidad Brigham Young, una institución mormona con políticas racistas.

Sólo uno de los tristes episodios que construyeron la vida de Beamon, nacido en Nueva York y huérfano de madre desde los ocho meses a causa de tuberculosis. La abuela paterna lo crió, pero también inventó una cruel historia que lo acompañó hasta los 35 años: “Me dijeron que cuando nací, mi madre me dejó en el hospital. Más allá de esto, nadie habló sobre ella o su familia. Ese fue uno de los secretos”. Al enfrentarla para conocer la verdad, descubrió que su padre no era el biológico; el verdadero nunca se enteró del nacimiento de Bob.

Si algo de suerte existió en una infancia y adolescencia rodeada de violencia, drogas y alcohol, narrada en la autobiografía “The man who could fly”, fue la detención juvenil que lo guió al básquetbol, más tarde, al atletismo. Su talento para saltar más que el resto le abrió las puertas de la universidad, el rankeado segundo en Estados Unidos se integró a un grupo de atletismo antes de calificar a los Juegos Olímpicos que cambiarían su vida.

“Tienes que estar alerta, listo para pelear o correr. Si te unes a una pandilla, puedes escapar, pero también es probable que estés en problemas el resto de tu vida. Si te mantienes neutral, tienes una gran posibilidad de ser golpeado todos los días. Entonces me hice fuerte en el basquetbol, y siento que eso me salvó de ser víctima. El basquetbol es importante en Nueva York, si eres bueno, todos te respetan. Nadie te quiere arruinar la visión de tiro o el brazo”, confesó.

Beamon llegó a México con 22 victorias en 23 competencias, una marca de 8.33 m y el peso de ser el favorito entre los grandes: Ralph Boston, oro olímpico en Roma 1960, Lynn Davis, oro en Tokio 1964, Igor Ter-Ovanesyan, dos veces ganador de medalla de bronce. Pero los fantasmas en su cabeza amenazaban mucho más con la derrota y estuvieron a punto de arruinar el momento. Un día antes, en la clasificación, Bob intentó una vez… otra más, falló al sobrepasarse por un pie y sólo quedaba una oportunidad; escuchó el consejo de Ralph Boston, limpió su mente, tomó mayor distancia previo al salto y lo consiguió con 8.19.

Las preocupaciones personales invadieron su cabeza en el peor momento y se olvidó del protocolo, escapó de la concentración y halló la tranquilidad en un par de caballitos de tequila. Al día siguiente estuvo listo para hacer que el mundo exclamara su nombre junto a los adjetivos: descomunal, fantástico, increíble, histórico, heróico; para eso estaba ahí el favorito, Bob Beamon. Ese día nadie más superó los 8.19 metros, en el podio lo acompañaron el alemán, Klaus Beer y su amigo, Ralph Boston, dueño de la marca mundial desde 1960.

Esa tarde la atención estuvo dividida, muchos asistentes se perdieron el “salto del siglo” mientras veían cómo el estadounidense Lee Evans rompía el récord en los 400 metros, fue suyo por casi 20 años. Los contratiempos para declarar al ganador y la efusividad del festejo de Beamon no fue ajena, los aficionados se levantaron de las butacas para aplaudirle, fueron testigos de uno de los mejores momentos en la historia del deporte. El boleto se pagó solo.

El salto de longitud no tiene un historial dinámico entre sus récords mundiales, en 1901, el irlandés Peter O’Connor estableció 7.61 metros y fue hasta 1935, con el estadounidense Jesse Owens, que la barrera de los 8 metros fue superada por 13 centímetros. La marca sólo se movió 22 centímetros con Igor Ter-Ovanesyan y Ralph Boston en 1964 y 1965. El honor les duró tres años, Bob Beamon la robó con 55 centímetros.

Después del vuelo histórico, el 30 de agosto de 1991, un salto de 8.95 centímetros, ejecutado por Mike Powell en el Campeonato Mundial de Atletismo en Tokio (5 metros sobre el nivel del mar), impuso nuevo récord mundial, en medio de un emocionante duelo con Carl Lewis. Sin embargo, la marca olímpica no ha sido tocada desde la tarde lluviosa en México 68, cuando su rival, Ter Ovanesyan, exclamó: “Comparados con él, somos niños” y el campeón defensor, Lynn Davies, se resignó: “Ha destrozado la prueba”. Esa tarde Beamon lo intentó una vez más y no consiguió superarse.

El conocimiento del cuerpo humano ha mejorado la preparación de los atletas, la tecnología se ha incorporado a los entrenamientos, la alimentación también es distinta, los expertos en psicología ya tienen un sitio en los vestuarios, pero las cifras míticas en el atletismo se mantienen por décadas con una distancia considerable. El actual campeón en salto de longitud es el británico Greg Rutherford, tiene 29 años, se ganó el oro en Londres con 8.35 ; ahora, muy cerca de los Juegos en Río, sufrió una afección en el oído interno y llegó al campeonato europeo en condiciones desfavorables, aun así, defendió el título con un salto de 8.25 m.

Sus rivales en Estados Unidos lo han hecho mejor en las pruebas recientes, Jeff Henderson registró un salto de 8.59 m, con viento favorable de 2.9 m/s, y su compañero quedó detrás con 8.58, pero sin ayuda del viento con 1.6 m/s, en donde el límite por reglamento es 2.0.

Pero estas cifras no le quitan el sueño a Rutherford: “El año pasado las pruebas estadounidenses se ganaron en 8.67m, por amor de Dios. Todavía fui campeón del mundo. Todos dicen que los estadounidenses se están saltando bien este año. Pero le gané a Henderson a principios de temporada y buscaré hacerlo de nuevo en los Juegos Olímpicos”.

Los críticos de las marcas obtenidas en el 68 argumentaron que la altitud, las condiciones climáticas, la implementación de nuevas tecnologías y el debut de las pistas de tartán favorecieron a los atletas, especialmente en pruebas individuales. El 13 de octubre la tarde nublada y fría fue cómplice del vuelo de Beamon, pero el viento estuvo dentro del límite, el resto de los participantes pudieron también beneficiarse y ni siquiera se acercaron.

Sin duda, México es inolvidable para el atletismo, bajo su cielo se destruyeron 22 récords mundiales. A Beamon le tomó seis segundos la ejecución y se mantiene viva. Si la marca del mundo fue rota en una ciudad como Tokio, ¿podrá Río de Janeiro, a 11 metros sobre el nivel del mar, ser el escenario de la sucesión?

Comunicóloga. Reportera. Antes en: juanfutbol, VICE en Español, Cámara Húngara, Goal en Español, Referee. Contacto: an.cmanjarrezt@gmail.com, Tw: @_anniemals

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