No tuve COVID, pero mi cuerpo sigue en alerta. La angustia se comió parte de mi masa muscular en tres semanas, la tristeza me quitó el hambre y no ha vuelto. Todavía salto cuando suena el teléfono. El oximetro de la casa de mis padres todavía determina mi ánimo dos o tres veces al día.

Tres pruebas positivas después y a diez días de sus primeros síntomas, cuando sentíamos que la curva del terror nos favorecía, viví las peores horas de mi vida a las puertas de una sala de urgencias. Mi familia de cinco, que durante meses sacrificó tantos momentos por amor, ahora sufría la incertidumbre de una enfermedad a la que trató con información y respeto desde la primera advertencia.

Ese terror, vivido meses antes a través de los ojos de tantas personas cercanas, nos alcanzó.

Con los músculos tensos desde el día 1 y el alma perdida, mi cuerpo temblaba sin control, no tenía frío, tenía miedo. Conté las vueltas que di al estacionamiento del hospital esa noche, 59, mientras esperaba a que mi mamá consiguiera una cama para ser estabilizada. La mujer más valiente que conozco decidió quedarse y confiar.

A las puertas de una sala de urgencias cargué con mi angustia y la de los otros. Preocupación, desesperación e impotencia. Una ambulancia tras otra. Los médicos entraban y salían en busca de lugar para los más graves. Anónimos en una cápsula.

Imposible no comparar las tragedias en esa sala. Aunque entre gritos y llanto la nuestra parecía menor, no solo era mamá, mi papá resistía con cuidados en casa, cruzábamos los dedos por su buena evolución, y mi hermana se fortalecía, contra todo, entre la crisis. Estábamos frente a la pesadilla que nos hizo huir de los abrazos y los besos, el combustible de nuestra vida.

Los días siguientes, aunque lejos del hospital, estaba también lejos de mamá y de casa. Taché cada día, me obsesioné con el calendario y apenas dormía. Cuatro horas diarias reunidas en pedacitos. Los reportes médicos controlaban mis días. No descansaba ni veía televisión, las horas se me iban en scrollear infinitas veces por distracción, nunca lo logré. Permanecía en la cama hasta recibir la llamada, siempre después del mediodía. Quería saber y al mismo tiempo no quería ser yo quien respondía. Las buenas noticias rompían la tensión en llanto. A distancia, por teléfono, sin abrazos, mis hermanos y mi papá fuimos uno. Celebración, un respiro breve y el inicio de otra cuenta regresiva hasta el siguiente reporte.

Esta pandemia nos niega el confort de la presencia en la alegría y sobre todo, en el dolor; pero nunca hemos estado solos. Sin vernos, sin tocarnos, la familia, los amigos y las amigas que sentimos como familia nos dieron vida.

Demasiado tiempo para pensar y poco para organizar las ideas sueltas, disparadas a chorros por mi ansiedad. Demasiado tiempo para despreciar las voluntades egoístas, las fiestas clandestinas, las enormes bodas, los viajes indiferentes, la vida normal documentada en historias con cinismo. El significado de responsabilidad nunca ha sido tan ambiguo como durante la pandemia.

Nadie merece esta enfermedad ni siquiera quien desafía los límites.

Mamá salió del hospital hace casi dos semanas, papá también se recupera en casa, el alma volvió a mi cuerpo. Después de 18 días, mis brazos se soltaron. Hicimos frente a los duelos. Se nos juntaron los pesares. No han caído los veintes. Me pregunto si todavía puede doler más.

Mientras escribo, mi inicio de Facebook se llena con peticiones desesperadas de oxígeno. Otros hacen el negocio de su vida, precisamente con la vida. Nos sabemos privilegiados porque esa angustia no es la nuestra, tampoco somos indiferentes al dolor ajeno, menos una vez que lo sentimos, cuando no se ha ido y ha dejado una herida profunda.

Nadie baja la guardia.

No tuve COVID, pero a casi un mes de la noticia que detuvo mi mundo, el cuerpo y el alma siguen en recuperación.

P.D. Qué fortuna ser hija y hermana de esta banda de locos aferrados.

Comunicóloga. Reportera. Antes en: juanfutbol, VICE en Español, Cámara Húngara, Goal en Español, Referee. Contacto: an.cmanjarrezt@gmail.com, Tw: @_anniemals

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