El año en que fracasó la palabra fracaso

“Suceso lastimoso, inopinado y funesto”, dice la Real Academia respecto al fracaso. “El primer pronóstico ante lo desconocido”, eso lo digo yo, porque así soy, prefiero el panorama oscuro para dejarme sorprender después. Negatividad, le dicen y me gusta.

Le abrí la puerta a la posibilidad de fracasar -en mis propios términos-, me permití sentir miedo, extrañar hasta el metro, sufrir la pérdida de la rutina y hasta sentirme inútil. No la pasé bien, duró poco.

Qué difícil es dejar la estabilidad y aventurarte. A mi aventura no le tocó una bolsa repleta de billetes y monedas para darle la vuelta al mundo mientras reflexionaba sobre mi razón de existencia. No por ahora. Pero sigue llamándose así porque nunca he sabido qué hay adelante.

“La crisis de los veinte, la de los veinticinco y luego… espérate, que viene la de los treinta y los cuarenta”, he escuchado de viva voz de los, vamos a llamarles, “sufrientes”.

Creí que una de esas crisis había llegado un lunes en la mañana, estaba en el cine y nada me preocupaba. ¿Qué está pasando aquí? Desde que tengo memoria los planes estaban hechos en el calendario. Al día siguiente tampoco tenía prisa… aunque corría. Todos iban y venían a mi alrededor como locos. Esa locura ya no me pertenecía. Entonces el vacío.

Primero se sintió mal -¿por qué tiene que sentirse mal no saber qué sigue?- Comencé a gozar la libertad en un desayuno tranquilo, acompañado de los textos de los diarios y un baño helado después de correr. Compartí mi libertad con quienes me han enseñado lo que es, en medio de una plática con mi mamá, un paseo cualquiera a la tienda, un partido de Champions desde el sillón, una escapada para nadar o echarnos bajo el sol; unas vacaciones lejos sin preocupación por las fechas. Gracias.

Grité sin vergüenza por una canción cursi en un estadio junto a mi amigo. Me atasqué de deportes en verano. Vi todos los Grand Slam, la Serie Mundial completita; sentí felicidad por lo que nunca pensé. Fui guía de turistas (?) de mis amigos en el par de calles bonitas de Toluca. Estuve sentada sola en el estadio, estuve acompañada cuando lloré por una Libertadores perdida. Leí todo lo que se me antojó y a todas horas.

Regresé a la universidad por varios meses. Llené la mochila de libros como antes, hice tareas hasta la mañana siguiente y fui casi en vivo a clase en sábado. Me perdí muchos partidos de Premier League. Me incluí en un grupo de novatos y experimentados del periodismo, nos escuchamos, discutimos; escribí lo que quise y lo que me ordenaron. Disfruté ser parte, lo soy.

Las letras descansaron, pero menos de lo que pensé, y qué bueno porque claro que me pregunté si debían seguir. Se movieron rápido, no con tanta seguridad, se ordenaron, están aprendiendo a hacerse menos para decir más. Atendí a las críticas, dolieron a veces y seguí, con el coraje que provoca reconocerme equivocada. Estoy entre soñadores que trabajan.

Hice a un lado los colores y hablé con quienes nunca pensé. Descubrí en ellos mis motivos: en un americanista, en un tigre a muerte, en un músico con el deseo frustrado del futbol. Llegaron oportunidades, se fueron, las dejé ir.

Entonces entiendo que el fracaso también es lo que los demás quieren que sea para ti. Porque no existe una foto en Instagram cada día, porque no hay un cambio de status sentimental, porque no grito que hoy estoy feliz y la próxima semana estaré mustia.

Acá todo está bien, las dudas permanecen y ahí estarán, las abrazo. Las crisis te las inventas. Y quizás hasta soy el cliché de la libertad.

Adiós al 2016, el año en que lloré por el rugido de un motor de Formula 1 en vivo, ja. En serio.

Comunicóloga. Reportera. Antes en: juanfutbol, VICE en Español, Cámara Húngara, Goal en Español, Referee. Contacto: an.cmanjarrezt@gmail.com, Tw: @_anniemals

Comunicóloga. Reportera. Antes en: juanfutbol, VICE en Español, Cámara Húngara, Goal en Español, Referee. Contacto: an.cmanjarrezt@gmail.com, Tw: @_anniemals