El cine de fracasados y Cruz Azul

El lamento permanente de la afición celeste. / (Foto: sipse.com)

¿Te has descubierto comparando tu vida con una historia del cine? ¿Y qué hay del futbol? En Cámara Húngara creemos que en las películas podemos leer historias propias y hasta de futbol, así como nos identificamos con las narraciones románticas. Pensando en Cruz Azul y esa narrativa dramática con la que se construye su historia reciente, hay tres tipos de película que pueden ser comparadas: las de finales inesperados, las decepcionantes y las de amor no correspondido. Sin embargo, nos concentramos en las historias que abordan el dolor, la posibilidad de olvidar y la falsa idea del éxito.

“La mayoría hemos vivido el último aliento de una relación, los días más tristes que parecen no tener otro remedio que vivirlos con dolor. ¿Pero qué pasaría si existiera una máquina que nos permitiera saltarnos el sufrimiento y hacer como si esos años nunca hubieran pasado?”, sí, esa frase es de la película dirigida por Michel Gondry: Eternal Sunshine of the Spotless Mind y estrenada 2004. El relato nos envuelve en la confusión, es todo, menos lineal, lo que parece ser una típica narración romántica no lo es.

Joel y Clementine son una pareja que decide, en diferentes momentos, borrarse el uno al otro de su memoria para iniciar una nueva vida, lejos del dolor que les ha causado su relación destructiva. El reinicio es posible gracias a un procedimiento de alta tecnología que rastrea los recuerdos en el cerebro. Entre saltos en el tiempo, señalados por el color de cabello de Clementine, exploramos los traumas, la tristeza y los problemas que llevaron a ambos a detestar lo que eran. El intenso y doloroso viaje por la mente de Joel revive su historia desde que todo en ella le parecía perfecto hasta el hartazgo de una relación insostenible; sin embargo, se arrepiente y comienza una lucha contra el olvido.

La cinta revela que los recuerdos son más que registros eléctricos en el cerebro. Joel y Clementine están destinados a encontrarse por los sentimientos que lo vinculan, las heridas se han borrado, pero las sensaciones vuelven a unirlos: “Se puede olvidar lo que pasó pero no cómo se sintió”. ¿Alguien que ha abrazado a un equipo a lo largo de la vida aceptaría borrar los recuerdos para olvidar el sufrimiento?, ¿o preferiría conservarlos porque el dolor es parte de lo que significa estar juntos?

Si bien Little Miss Sunshine es una comedia, el miedo al fracaso es la idea central de la película dirigida por Jonathan Dayton y Valerie Faris, estrenada en 2006. La cinta cuenta la travesía de una familia que acompaña a la hija menor de la familia a un concurso de belleza para el que su abuelo la ha preparado con una rutina artística fuera de lo convencional.

La niña no cumple con el modelo del resto de las participantes, el glamour de las pasarelas no va con ella y ha crecido en una familia disfuncional de la que su hermano Dwayne reniega hasta declararse el odio por perdedores. Una escena que ejemplifica a la perfección el concepto de éxito y fracaso, ocurre cuando Richard, el padre de la pequeña Olive Hoover, le dice a la madre que deben evitar el ridículo llevándose a su hija, el hermano se suma a la petición, pero ella la rechaza y entra al vestidor para apoyar a Olive: “Si no quieres hacerlo, tú tranquila. Si quieres dejarlo aquí, nosotros estaremos orgullosos igualmente” y continúa pese a los resultados.

En las películas, lo común es encontrar personajes que cumplen con los ideales, son sujetos aspiracionales y en este caso no lo son. La cinta los muestra fracasados e imperfectos, identificarse es más fácil e incluso tener miedo de serlo. En esta película el fracaso entrega felicidad, recupera la unión perdida y les da la oportunidad de recomponer sus relaciones, el éxito no es siempre como dicen que debe ser. ¿Les recuerda a los aficionados que declaran amor incondicional?

Al cine le fascinan los perdedores, esos relatos del desvalido al que todos molestan hasta que en un golpe de suerte obtiene todo lo que había soñado y le pinta la cara al infortunio. A los espectadores también nos gustan los derrotados, reír por la desgracia ajena. Pero claro que el perdedor puede elegir cómo lo será, el blanco de las burlas o el que cae derrotado y encanta.

Chaplin moldeó a Charlot, un personaje entrañable que perdía siempre, lo arruinaba todo con su torpeza. Hasta su manera de andar lo ridiculizaba y su vestimenta, como alguna vez confió, estaba perfectamente pensada para burlarse del ideal de la sociedad. Huyó de un caballo y terminó en la jaula de un león de circo. Tan flacucho como era se apuntó a una pelea de box a cambio de unos cuántos dólares sin tener idea de cómo defenderse, escondiéndose cobarde detrás del referee y siendo golpeado hasta el nocaut. Fue un intento de barbero que le embarró la cara de crema de afeitar y le quemó las botas a un cliente. Charlot era un vagabundo, lo hacía todo por amor, porque tenía un buen corazón. Pero para ser como Charlot hay que tener mucho estilo. ¿Valdrá la pena darle la vuelta al concepto del fracasado?

Comunicóloga. Reportera. Antes en: juanfutbol, VICE en Español, Cámara Húngara, Goal en Español, Referee. Contacto: an.cmanjarrezt@gmail.com, Tw: @_anniemals

Comunicóloga. Reportera. Antes en: juanfutbol, VICE en Español, Cámara Húngara, Goal en Español, Referee. Contacto: an.cmanjarrezt@gmail.com, Tw: @_anniemals