Mi abuelo lo contaba con una gran sonrisa en el rostro, su hijo había invitado a cenar a los jugadores del equipo de la ciudad. Eran los años 60 y vivían a unas cuantas cuadras de la Bombonera, el menor de los Téllez, con apenas 8 años, llegaba de la escuela y volvía a salir de casa para visitar a sus amigos, los jugadores. Miraba los entrenamientos, comía con Vicente Pereda, Florentino López, compartía la charla con los novatos, se despedía y a veces hasta los citaba en su casa para tomar café. Ese día así lo hizo… pero al regresar, olvidó la cita y se quedó dormido.

Al volver del trabajo, mi abuelo, un tipo muy cálido y de “hueso colorado”, se encontró en la puerta con Eduardo Ramos, defensa del Deportivo Toluca, ante la sorpresa y la pequeña omisión de su hijo, respondió con prisa que se aseguraría de tener todo listo para recibirlo. La visita de improvisto se frustró por el olvido y la pena del invitado, pero Aurelio Hernández, Moisés Figueroa y Cerda Canela compartieron en más de una ocasión las experiencias del futbol en la sala de la casa en donde el “Güero” vivía con sus padres y ocho hermanos.

Los jugadores paseaban como cualquiera en los primeros cuadros de la ciudad, con sencillez respondían a las peticiones de autógrafos y seguían su camino habitual a pie porque los autos no eran posesión común en una ciudad pequeña. Quienes disfrutaban de esos años saben que sus lugares preferidos estaban en Los Portales, lugar del hotel de concentración, eran asiduos de los cafés, las tiendas de discos… “llevaban una vida más personal, familiar”, tranquila y de poco lujo cuando el futbol no era una profesión que pagaba en millones. Nadie corría ante el acecho de los curiosos en las concentraciones de la Selección Mexicana de Nacho Trelles, cuando visitaban Toluca y entraban sin restricción a la sala principal del hotel para conocerlos.

El “Güero” creció y a los 16 años escribía de su pasión en un periódico, el 8 Columnas, estuvo lo suficientemente cerca de las canchas como para sentir la estrecha relación de los jugadores con los aficionados también de otros equipos. Más allá de si esas épocas eran las mejores para amar el futbol, añora la facilidad para acercarse a las personas antes que a los personajes. Hoy suelta una carcajada mientras recuerda cómo eran esos años, cuando sus amigos futbolistas -muchos de ellos ahora convertidos en leyendas- lo ayudaban a escabullirse a los partidos de los domingos por la mañana.

Manuel Negrete -sí, el mediocampista del dorsal 22, el del golazo contra Bulgaria en el 86- abre la conversación aclarando que el juego sigue siendo el del talento como base y la fortuna, sí más rápido como dicen, pero no tan técnico. Fue de Pumas del 79 al año mundialista, la puerta abierta para su aventura en Sporting de Lisboa y el Sporting de Gijón. Desde la piel del futbolista recuerda el privilegio que fue vivir de patear el balón, en sus palabras imprime el sentimiento de haber sido: “Perdimos muchas cosas de jóvenes, las fiestas, los amigos, las actividades que normalmente podías hacer con la familia ya no las hacías porque tenías otros compromisos. Pero te acostumbras, son cobros del futbol y hay que ser agradecidos porque es tu pasión y es lo que realmente querías”.

Para Negrete no hay lamentos a la distancia. Él residía en la Ciudad de México y sus padres estaban en Altamirano, Guerrero, su hogar era la casa club, un sitio que en estos días ha desaparecido al nivel profesional, quizás atribuible al volumen de las ganancias incluso entre los novatos. Ahí estaba su familia, la del futbol, menciona a Félix Cruz, Jorge Campos y Adolfo Ríos, con ellos ocurrían las conversaciones nocturnas sobre lo que pasaba durante el día, aliviaban la carga, se acompañaban.

Los aficionados aguardaban por él y estaba para ellos: “era el último en irme porque tenía que firmarles a todos. A donde iba siempre trataba de platicar con la gente”. Manuel Negrete se veía reflejado en quienes le pedían un autógrafo, mantenía en la mente que él alguna vez había tenido ídolos, nunca recibió groserías de ellos y cuando fue su momento de vestir la camiseta, no lo hizo tampoco.

La tricolor era un atuendo selecto: “Realmente es muy fácil llegar a la Selección ahora. Lo ves y tres partidos buenos y ya los llaman, eso también los hace perder el piso y dices: ‘no han hecho nada para correr o no atender a la gente’, o pensar que ya hicieron mucho porque llegaron a la Selección, no. O sea, creo que hay que mantenerse, que hay que demostrar mucho futbol, coraje y seguir atendiendo a la gente”. A Negrete todavía lo reconocen en la calle, dice que a veces los aficionados necesitan eso: un saludo, una palabra de ánimo. Por qué negarles la alegría instantánea.

Décadas más tarde, el juego en el rectángulo todavía se trata de lo mismo. Los jugadores adquirieron el status de celebridad con personajes creados desde los medios, las hazañas magnificadas, los errores condenados. El temor frente a la inseguridad, las redes sociales y la intromisión en su vida privada son factores que abren la brecha. Sin lecciones, cada uno decide cómo lo vive y perpetúa su imagen para los próximos recuerdos, así como estos.

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Comunicóloga. Reportera. Antes en: juanfutbol, VICE en Español, Cámara Húngara, Goal en Español, Referee. Contacto: an.cmanjarrezt@gmail.com, Tw: @_anniemals

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