@LIGABancomerMX

Un puño levantado enseñó a valorar el silencio. En las saturadas avenidas de Ciudad de México circularon ciclistas y peatones con cartulinas para callar el ruido habitual del claxon, la música y el rugido de los motores. Callaron porque sabían que la ausencia de sonido podía significar la presencia de vida. Un puño levantado imitó al otro, el oído se agudizó en espera de respuestas: un golpe, un grito de auxilio, cualquier movimiento, y más tarde, el aplauso. La celebración de la resistencia.

En la vida religiosa, al silencio le atribuyen la forma del acto penitenciario, la introspección y el encuentro con una deidad a partir del aislamiento del entorno. Es difícil de alcanzar, advierten, de ahí su honrosa condición.

En las canchas de tenis, el silencio es una muestra de respeto y clase, romperlo solo es válido cuando el punto termina. La pelota va de un lado a otro, los gemidos de los jugadores y el golpeteo de la pelota llenan los estadios. El escandaloso es apestado. Basta ver la molestia que causó en algunos aficionados la eufórica «hinchada» de Juan Martín del Potro que, vestida con el jersey albiceleste, no dejó de alentarlo en Nueva York al estilo futbolero. En el ajedrez, por ejemplo, cerrar la boca es casi condición.

En ningún sitio el silencio es tan despreciado como en las canchas de futbol. Una tribuna que no ruge solo puede referir a lo fúnebre, a la muerte del alma. Pechos fríos y amargos, les llaman en México al adoptar la jerga sudamericana. Nadie quiere los adjetivos y entonces cantan hasta agotar la garganta.

“En los estadios ingleses sí saben callar”, elogiamos de este lado del mundo en cada ocasión que la muerte exigió un minuto. En México parecía que sabíamos poco de eso… hasta esta semana, cuando nos sorprendimos con los labios sellados por el dolor tan cercano y el riesgo tan latente. El 19 de septiembre se sacudió la tierra, nuestra tierra; casas de adobe y edificios lujosos se desplomaron. El miedo, que algunos solo conocíamos en la experiencia ajena, nos erizó la piel durante largos segundos que pesaron como horas. La sensación se repite desde entonces.

En la lucha por la vida de los suyos, callaron en el Estado de México, Morelos, Puebla y lo hicieron de nuevo en Chiapas y Oaxaca. La capital del país, esa ciudad imponente por estar abrazada por los poderes y los medios, también tuvo que hacerlo, fue ahí cuando la realidad nos golpeó: todos somos vulnerables, el dolor no es exclusivo.

La tradición del minuto de silencio, cuyo origen se desconoce con precisión y en el Reino Unido es atribuido al primer aniversario del Armisticio de la Primera Guerra de Mundial, fue requerida en la reciente jornada. El fallecimiento de 355 personas (una cuenta sin cerrar) obligó al silencio en las canchas apenas una semana después del sismo. Algunos jugadores y aficionados alzaron el puño que ahora simboliza el respeto a la vida. En Monterrey fue total, en Pachuca se rompió a la mitad y los gritos fueron condenados, en Toluca nadie arrebató el instante.

Algunas lágrimas rodaron en la Bombonera, en donde estuvo presente la familia de Miguel Hernández, un fiel aficionado a los Diablos hasta el día de su muerte en el condominio de Petén y Zapata que se derrumbó el 19 de septiembre. El acto heroico de Miguel a las 13:14 fue apagar la caldera de la tintorería en la que trabajaba.

Terminó la tregua de un minuto que hizo nudos en la garganta y rodó el balón. El futbol volvió porque la existencia de muchos depende de él y porque cada grito de gol festeja también el privilegio de estar vivos.

Comunicóloga. Reportera. Antes en: juanfutbol, VICE en Español, Cámara Húngara, Goal en Español, Referee. Contacto: an.cmanjarrezt@gmail.com, Tw: @_anniemals

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