Expediente: Así somos los americanistas

Un telón de 130 metros, el trabajo de decenas de manos, los ahorros invertidos en el amor. El tiempo se siente distinto para los que visten de azulcrema, desde hace seis meses el reloj va más rápido y la celebración los tiene vueltos locos. Antes tuvieron que luchar contra las puertas cerradas de la directiva y hasta con las ocupaciones de la vida fuera del futbol; el América es primero. Carlos Nava lo cuenta con la satisfacción de quien celebra a algún ser querido, su equipo es eso para él: “el sabor de la vida” y si la fiesta está cerca, se deja todo.

Él nació con la camiseta puesta, su familia es americanista, pero su experiencia en el futbol es otra desde el 2001, cuando por casualidad llegó al lugar al que pertenece, el Ritual del Kaoz. Un partido termina justo en donde inicia el siguiente para un barrista, esta labor es de tiempo completo. Mientras los jugadores esperan la hora de subirse al autobús y salir al estadio, los barristas cumplen con la rutina casi sagrada de afinar los instrumentos, Carlos sale de su casa en Iztacalco cuatro horas antes, es el encargado de esa labor y de negociar qué tanto tendrán permitido ingresar cada noche. El próximo ante Xolos, el del Centenario, será más que cualquiera 30 mil globos, mil banderas, 300 sombrillas. Todo pagado de sus bolsillos, de la directiva no reciben “ni un peso partido a la mitad” y representa una “manera más limpia de vivir una pasión”.

El cumpleaños cien del América merecía algo a la altura de su nombre, lo dice quien ha viajado de México a Costa Rica, Guatemala y hasta Japón. A veces no hay siquiera agradecimiento de quienes hoy representan a su club, pero Carlos evita el victimismo: “son pasajeros, jugadores, directivos. Igual hay jugadores que te lo responden y ahora sí que ‘a toda madre’”. Mientras pueda, dedicará sus días al amor azulcrema, dice esto a unas horas de viajar a Guadalajara para el juego entre leyendas y en diciembre volverá a Japón, el ganar está siempre en la mente, es una exigencia, pero estar ahí es lo principal.

A Carlos le preguntas qué lo hizo aferrarse a los colores y responde con una derrota: “la eliminación que nos hizo Boca en la Libertadores, un estadio lleno, perdiendo un certamen internacional y el estadio cantando, desde ahí, yo tenía 13 años, y desde ahí se volvió mi vida, porque es bien fácil festejar copas, pero cuando estás en la malas y ves así un estadio repleto, entregándose, perdiendo, te atrapa. Eso es lo que me hizo volverme más loco por el América”.

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Ser a la distancia. Federico Martínez tiene 31 años, es docente, y estar lejos es la prueba del sentimiento en la ciudad del Clásico Nacional: “Vivir en Guadalajara es una de las mejores maneras de sentir el americanismo. Uno se da cuenta de la esencia de este equipo, hacer de lo imposible algo sencillo. Cuando el América llega a esta ciudad, el rival tiembla. No importa si los de Coapa andan mal o sus mejores jugadores están lesionados, en la cara del adversario se palpa el miedo. Me atrevo a decir que el América es uno de los pocos equipos en el mundo que infunde más temor cuando está herido”.

En el sureste del país vive el periodista Elías Leonardo, es de la capital, pero su lugar está por ahora en Playa del Carmen, ¿qué tan difícil es verlo por televisión?:

“Durante mi estancia en Argentina valoré eso. Charlando de futbol, valedores de allá hablaron maravillas de Cuauhtémoc Blanco y de lo imponente que es el estadio Azteca. Mira que vi un Boca 1–2 Toluca en Copa Libertadores, pero terminamos hablando del América.

Ahora que estoy lejos del barrio, de todo, justo ahora que viajé de entrada por salida, sientes que el equipo te necesita en la tribuna, cerca de. Ah, pero si la distancia se compensa propagando al americanismo en otras latitudes, ¡vamos de gane! Y seguimos sumando, como si estuviéramos ahí”.

Se puede estar físicamente lejos y sentirse cerca; cuando el futbol es un vínculo. Roberto Garza es paramédico y vive en Texas, así define su afición: “Ser americanista es saberte aficionado del equipo que siempre estará en cualquier plática de fútbol, al equipo que más se le exige, al equipo que todos le quieren ganar por odio deportivo pero también para salvar una mala temporada. No cualquier persona puede ser americanista, tienes que aguantar burlas excesivas en las derrotas, cuestionamientos en las victorias, pero al final sabes que eres parte del equipo más importante de México”.

“Lo principal es orgullo, admiro a los seguidores de equipos con pocas glorias, pero para un americanista el orgullo máximo es eso, ganar todo lo que se dispute, estar en los primeros planos, que se hable siempre de tu equipo, para bien o para mal. Ese es el principal sentimiento. Luego ya podemos pasar al plano personal y también ser americanista representa una felicidad en mi vida, porque me ha tocado ver a mi equipo campeón en el estadio Azteca, finales épicas, de esas cosas que te hacen vibrar”.

Con dos intervenciones dignas de los adjetivos que se añaden a su nombre, Adolfo Ríos fue fundamental en el título del Verano 2002, el punto final a 13 años de sequía; una atajada que parecía imposible en el primer tiempo extra contra Necaxa y un lance que evitó el gol de oro sellaron la noche. Quién se acordaría entonces de su origen: la cantera de Pumas, el rival de ciudad. El “Arquero de Cristo” no juega más al futbol profesional, sin embargo, no tiene duda de la relevancia de esta institución en México: “Cuando jugué en Pumas lo más importante era ganarle al América, al inicio del torneo veíamos el calendario para ver cuándo era ese juego; después en Veracruz, si le ganábamos al América, se hacía carnaval en el puerto, literal. Luego en Necaxa, la semana previa al juego contra América nadie salía a cenar entre semana pues se le tenía que ganar al “Hermano Mayor” para demostrar que éramos mejores sin tener tanta proyección. Y después llegué al América y vi en todos los rivales lo que nosotros sentíamos cada vez que los enfrentábamos, ¡el partido más importante es contra América!”

El Club América capitaliza el odio, sus campañas buscan alimentarse de la envidia del rival que además los promociona en su desdén. Nadie los desbanca del primer lugar en ese concepto, la reciente consulta Mitofsky sobre aficiones al futbol mexicano los exhibe ganadores con el 38.5%. El odio es el triunfo de sus objetivos desde finales de los 50, cuando Emilio Azcárraga Milmo, dueño de Telesistema Mexicano, compró al equipo con un plan en mente, Juan Carlos, Colín, maestro en periodismo y colaborador en proyectos en el área de deporte y sociedad, comenta: “el América fue construido como un melodrama por Televisa, no fue casualidad esta compra, fue una compra planeada. A diferencia de otras empresas que compran equipos nada más para mejorar su imagen, como hobbie, el América fue construido con un rol en particular, como un equipo melodramático; lo dijo Azcárraga, que si ya estaban las Chivas que era como el equipo bueno del futbol mexicano, él creó al villano de la liga y desde entonces se ha mantenido vigente ese rol de villano no solo para las Chivas, Pumas y otros equipos, en donde el América es el rival a vencer, más allá de que haya tenido malas épocas y equipos muy malos, el América simbólicamente es el equipo al que hay que ganarle”.

Sus aficionados asumen la responsabilidad de la institución, se definen a sí mismos como exigentes. Roberto Garza dice que ahí la frase “perdimos con la cara al sol” nunca es válida como excusa ante la derrota. La historia de cada jugador depende también de la aprobación de la tribuna, pero hay una lista larga de errores millonarios que preferirían omitir; Bilos, Vizcarrondo, Saja, Pagal, Fantik, Djalma, Lipatín, Castroman, Beausejour. Entre esos errores está Matías Vuoso, vendido a Coapa desde Santos Laguna por cinco millones de dólares como solución a sus problemas, pero se quedó corto frente a la expectativa y nunca logró regularidad. Se fue como tantos otros, entre los rumores de una camiseta que, dicen, no es para cualquiera.

“Fue una caricia para el alma”, así define Cesilio de los Santos, defensa azulcrema de 1988–1994, uno de los momentos que lo definen como americanista, cuando en la cancha del Estadio Azteca recibió el reconocimiento por estar entre los mejores zagueros en cien años de historia. A 22 años de la última vez que vistió esa camiseta como jugador, permaneció en la mente de los aficionados para ser ovacionado. Él sabe de esa presión peculiar en el club, el corto margen de error: “el futbolista, para jugar en el América, tiene que estar muy bien preparado, no sólo técnicamente, no físicamente, mentalmente tiene que estar preparado porque uno sabe que todos los reflectores van hacia el América cuando juega ya sea de local, sea de visitante, algún partido amistoso. El torneo que juega el América para el pueblo americanista es algo muy importante, es una presión extra que tenemos los jugadores que alguna vez fuimos parte de esta institución, pero es algo muy lindo porque te exige y, quieras o no, eso siempre te tiene con los ojos bien abiertos con mucha atención y eso es lo que a mí, por lo menos en los seis años que me tocó jugar en el América, me dejó muy satisfecho”.

El contraste es parte de lo que son, el más odiado pero el también más querido del futbol mexicano. Acusados de soberbios y orgullosos, sus aficionados y exjugadores no prescinden de la palabra grandeza al ser cuestionados por su pasión. “En un deporte lleno de dualidades –balón/portería, jugador/árbitro, ganar/perder- el América se ha encargado de asumir las dos caras de la moneda”, afirma Federico Martínez.

A veces se define con un telón, en otras con el aliento a distancia, cerca del mar o detrás de un micrófono, con los guantes de arquero en el corazón… Éste es el lado azulcrema del Centenario, ¿cómo se cuenta desde allá?

Comunicóloga. Reportera. Antes en: juanfutbol, VICE en Español, Cámara Húngara, Goal en Español, Referee. Contacto: an.cmanjarrezt@gmail.com, Tw: @_anniemals

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