Los Mundiales nos restan vida. Por más extraño que parezca, el deporte que tantas alegrías le da a nuestros días contribuye para que cada vez sea más difícil respirar. La última cita en Brasil sumó casi tres millones de toneladas de dióxido de carbono, cerca del doble de lo registrado en Sudáfrica y el triple de lo producido en Alemania. Aumenta el turismo y entonces, la contaminación.

Los viajes aéreos representan afectaciones mayores debido a la distancia recorrida. Además de producir dióxido de carbono, los vuelos intensifican el efecto invernadero con la emisión de azufre, humo, vapor de agua y óxido de nitrógeno que origina indirectamente, a partir de reacciones fotoquímicas con intensa luz solar, ozono troposférico, un potente oxidante que afecta a corto plazo las vías respiratorias al desencadenar enfermedades broncopulmonares.

Por eso, el turismo es uno de los principales factores contaminantes el mundo con afectaciones similares a las que producen los países más grandes del mundo. La circulación aérea no disminuye, al contrario, el volumen de vuelos se multiplica cada año a pesar de las advertencias.

Por ejemplo, si pensamos en la próxima Copa del Mundo, un viaje desde el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México al Sheremetyevo International Airport en Moscú genera 3.950 kilos de dióxido de carbono, claro, la cantidad es variable porque está sujeta al modelo del avión y la cantidad de pasajeros, pero sirve para tener una idea de lo que un solo vuelo produce. De acuerdo con las últimas proyecciones, Rusia recibirá a un millón de turistas el próximo año; a esa cifra habría que añadir selecciones, prensa, voluntarios. Un aumento considerable de viajes en un corto periodo de tiempo.

Vida y alegría. Hace casi tres años, Brasil le dio la bienvenida a la Copa del Mundo con un carnaval en la ceremonia de inauguración. El terreno de juego fue cubierto por bailarines al ritmo de samba disfrazados de plantas y flores; la naturaleza expresada como uno de los tres tesoros del país sudamericano, junto a la danza y el futbol. Los organizadores presumieron que aquel sería el Mundial más verde de la historia.

El desarrollo de los eventos deportivos recientes en Brasil (Copa Confederaciones, Copa del Mundo y Juegos Olímpicos) no fue asunto sencillo, la población reclamó el alto gasto, que además se multiplicó conforme avanzaban los preparativos, el desplazamiento de comunidades enteras, la persecución y la violencia, los altos índices de inseguridad y pobreza; pero la discusión estuvo lejos de los temas que involucran el impacto negativo en el ambiente de una cita de este tamaño en un país considerado megadiverso por su riqueza biológica. ¿Sustentable? ¿Dónde?

La contaminación de las vías navegables fue una de las preocupaciones por la concentración de basura, aguas residuales, residuos hospitalarios y superbacterias, lo fue porque las competencias de vela y natación tuvieron lugar en esas aguas, la salud de los visitantes y atletas estaba en riesgo. A pesar del compromiso hecho por el gobierno al recibir la sede para comenzar la limpieza y el control de los desechos, el presupuesto no alcanzó para resolver la problemática. Fuera de eso, se habló poco de los riesgos futuros del Mundial y los Juegos Olímpicos.

Con relación a las grandes citas deportivas, desde los Juegos Olímpicos de Atenas, el objetivo es hacerlas sustentables, y la FIFA, desde Alemania 2006, ejecuta proyectos que buscan mitigar el efecto negativo.

Sustentabilidad: capital económico, capital social y capital ambiental. La obligación principal en el segundo aspecto es disminuir la huella de dióxido de carbono debido a la problemática urgente del calentamiento global. El CO2, gas de efecto invernadero con mayor influencia, es liberado a la atmósfera por las actividades humanas y afecta directamente en el aumento de la temperatura; su presencia es necesaria pero disminuir las emisiones es el objetivo.

Para el Mundial de Sudáfrica 2010, la organización proyectó la emisión de 2.46 millones de toneladas de dióxido de carbono, finalmente consiguieron disminuirlas a 1.65 millones de toneladas, en buena parte gracias a que la cantidad de asistentes fue menor a la esperada, además consiguieron reducir en un 30% el consumo de energía previsto y utilizaron fuentes alternativas renovables, paneles solares y optimizaron el transporte de los visitantes con esquemas de viajes compartidos.

Brasil no tuvo tanta fortuna. La Copa del Mundo (con la Copa de Confederaciones) generó 2.72 millones de toneladas de dióxido de carbono: el transporte internacional y local fue principal productor. La distancia entre sedes fue un aspecto negativo desde el inicio; Estados Unidos fue uno de los más perjudicados al recorrer 5,609 kilómetros solo para cubrir los compromisos de la fase de grupos con traslados terrestres y aéreos. Se habló del cansancio de los jugadores y el alto costo en transportación, pero no de las afectaciones que produce el aumento de vuelos.

El cálculo de la FIFA no considera las emisiones generadas en la construcción de estadios y de la infraestructura de transportación, la producción de mercancía sin licencia, la realización de los eventos pequeños que rodean a la fiesta del Mundial, como los FanFest, tampoco a los turistas acompañantes sin boleto para algún partido, las actividades posteriores a la clausura en cada una de las sedes y muy importante: no incluye el impacto de cada televisor encendido alrededor del mundo para disfrutar de al menos dos horas de futbol. Sabemos que la Copa del Mundo duplica la venta de televisores. ¿Tu pantalla es muy grande? Entonces la huella de dióxido de carbono será mayor.

La FIFA dice que sí, por eso para cada Mundial, trabajan con el Comité Organizador Local (LOC) para crear una estrategia que disminuya el impacto. Lo ejecutaron en Brasil con una inversión de 20 millones de dólares en la promesa verde más grande de la historia, dos años antes consiguieron reducir la emisión de gases invernadero la deforestación en la Amazonia; pero frente al daño, son necesarias otras medidas y sobre todo, un buen trabajo de planeación y ejecución que no se vio.

La organización estableció la certificación LEED (Leadership in Energy and Environmental Design), diseñada para que las 12 sedes adoptaran conceptos de sustentabilidad desde la elección del sitio de edificación; sin embargo, algunas sedes fueron instaladas sin cuidar los requisitos por la premura de cumplir con el tiempo establecido y obligó también a limitar los servicios que estaban previstos en algunas sedes para disminuir el consumo de agua y energía eléctrica. En otros casos, el resultado fue parcialmente positivo, por ejemplo, la arena Amazonia utilizó agua de lluvia almacenada para regar el campo.

Una de las ventajas de Brasil como sede fue la producción de energía limpia (hidroeléctrica), el bajo consumo de combustibles de carbono líquidos y la recolección de residuos para reciclaje. Además, para compensar los gases de efecto invernadero se beneficiaron de las empresas donantes de bonos de carbono -cada bono pagado a un precio de mercado da derecho a emitir una tonelada de dióxido de carbono-, generalmente son negociables, esta vez consiguieron que no existiera transferencia económica de por medio. La oferta fue publicidad gratuita.

De acuerdo con el propio organismo, seis meses después de la clausura consiguieron contrarrestar 331,000 toneladas de dióxido de carbono, producidas por todas sus actividades operativas y las de 80 mil aficionados que registraron su recorridos en un concurso gratuito que aseguró su participación en un sorteo por un pase para la final.

Con el Mundial de Rusia a un año de distancia, la estrategia ambiental consideró tres aspectos: cumplimiento del estándar de construcciones “verdes”, manejo adecuado del transporte, gasto de energía y emisiones de carbón, reducción del riesgo y la protección de la biodiversidad. Bajo el nombre de RUSO, el certificado busca garantizar el diseño adecuado para el aprovechamiento de los recursos y el control del consumo de energía y agua en todas las sedes. Además del cuidado en la elección de materiales “amigables” para la renovación y construcción de las instalaciones deportivas.

A pesar de que las investigaciones son cada vez más extensas, todavía es imposible hacer un cálculo preciso del impacto de los megaeventos en el ambiente debido a las variables y al alcance de la competencia alrededor del mundo, como sucede con los espectadores que siguen el evento por radio o televisión desde casa. La sustentabilidad es una promesa rota y no solo en el aspecto ambiental, el mejor ejemplo es la crisis económica en Brasil. La triste imagen del Estadio Maracaná sumido en la oscuridad y el abandono, vandalizado, seco, invadido por gusanos. La mejor respuesta para quienes no pueden creer que la palabra megaevento (Mundial y Juegos Olímpicos) ahora provoca rechazo.

Comunicóloga. Reportera. Antes en: juanfutbol, VICE en Español, Cámara Húngara, Goal en Español, Referee. Contacto: an.cmanjarrezt@gmail.com, Tw: @_anniemals

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