8:45. La ciudad de Toluca despertó más temprano que de costumbre, las calles del primer cuadro estaban cerradas. Los corredores apenas cruzaban la meta y ya se veían invadidos por las banderas rojas y blancas; los puestos de agua le robaron sitio a los botes de tamales que aguardaron por los hambrientos unos metros adelante.

Allá, frente a la iglesia, se alzaron los estandartes guadalupanos, se agruparon los fieles para salir a la peregrinación más grande de este país hacia la Basílica. Junto a ellos, otros fieles… los del futbol agitaron banderas, cantaron lo suyo y esperaron el inicio de su peregrinar, menos penitente y más festivo, también los mueve la fe. Cada uno hacia su templo.

Las fiestas de los cien años, como las de los quince años de las jóvenes en México, se celebran “tirando la casa por la ventana”, no vale el mínimo esfuerzo en la competencia por el protagonismo. Para celebrar, Toluca quería salir del caos citadino, poner la piedra de un nuevo templo lejos de Morelos, Felipe Villanueva y Gómez Farías; pero se quedó en donde el campo Patria vio crecer el alambrado y las tribunas en el 53. La casa de los Diablos extendió sus límites, el club compró terrenos aledaños, tiró y levantó gradas, construyó puentes.

Cerró las puertas seis meses y las abrió de nuevo hace unas semanas; la campaña de expectativa logró su cometido: los aficionados agotaron los abonos, un anuncio totalmente extraño considerando la acusada frialdad de su gente. El color volvió a las tribunas todavía polvosas y a medio terminar; se parece muy poco a lo que fue, arrebata sonrisas y se gana halagos.

El aficionado se reencontró con su lugar, el vendedor de cerveza no pudo volver. Hasta el último partido en La Bombonera, en la esquina superior de la tribuna de Sombra General, esperaba sentado un hombre de cabello blanco junto a su hija, ambos vestían la camisa amarilla que los hacía inconfundibles a la distancia. Saludaban a los madrugadores con la familiaridad que otorgan los años -no dos ni tres, sino más de treinta- y todo era paz antes de los gritos desesperados: “¡Chelaaaaas!” y las malas noticias a la una de la tarde: “ya no hay, joven”.

La modernidad los despidió. Toluca eligió a Eurest, un proveedor de servicios de alimentación con más de 46 años de experiencia en México, para atender al grito ansioso de la sed. Los vendedores de las caras familiares se quedaron sin empleo, alegan que no fueron advertidos y se manifestaron en la primera cita del año en La Bombonera. Semanas después rechazan tocar el tema.

Algunas voces los piden de vuelta, otros no se preguntan a dónde fueron, pagan sus 70 pesos a los jóvenes que tan ágiles recorren los pasillos con una charola repleta de cervezas y beben. Se agotan y van de nuevo. El distintivo dejó de ser amarillo, ahora la camiseta es roja. Son desconocidos todavía.

Los errores ahora se comprueban rápido, las nuevas pantallas gigantes evidencian al que falla la más clara en un instante. Las butacas ya tienen respaldo, le quitan espacio a los pasillos, pero pueden ser cómodas para los que se levantan poco; sufre las malas caras el que pide permiso para pasar porque la cerveza surtió efecto antes del medio tiempo.

La comodidad invita a comer “en forma” y eleva los precios, sobreviven los huaraches de frijoles y nopales -con un costo que se ha triplicado desde que tenías que pedirlos casi en la clandestinidad por la puerta del estadio- pero lo de hoy son los hot dogs de carne fina ensalzada con BBQ.

Sobreviven también los raspados de agua “de a quince”, el recurso económico para el calor del mediodía. Pero Nestlé se unió a la fiesta y un grupo de jóvenes van de un lado a otro con las hieleras, las mini paletas de vainilla cubiertas de chocolate valen veinte. Las semillas se venden en vasito con tapa y ahora la opción a la torta de jamón con una embarradita de crema son los volovanes. Los ojos muy abiertos del aficionado responden a los nuevos precios para la oferta gastronómica en las zona populares del estadio, en donde no hay meseros, pero hay variedad.

La capacidad de La Bombonera aumentó, los vecinos de asiento quizás cambiaron. El hombre al que todos recuerdan organizando las porras, las bromas y la fiesta discreta en una grada de tradición ha sido acusado de “traidor” y “vendepatrias” por haber dejado a sus amigos para irse con los de enfrente a una zona más cara, sin rejas. Ellos y los otros se han declarado la guerra simpática de las mentadas de madre. El resto se divierte y toma parte; la vieja guardia se mantiene.

La tribuna del precio bajo dejó de ser soleada y una de las más caras recibe el sol de frente. Los afectados se quejan, el resto se ríe de la ironía; el club ha empezado a solucionarlo con parasoles.

Los abonos costaron prácticamente lo mismo que en el pasado y la fidelidad fue recompensada con la bonificación total de la compra anterior. El negocio de las entradas se quedó para luego.

Los aficionados tendrán que acostumbrarse a lo que sólo vivían un par de veces al semestre en torneos recientes: un estadio lleno y lo que implica, el calor de la proximidad, los apretujones en los pasillos. Pero también los vecinos… los que no rentan la vía pública como estacionamiento y algún día soñaron con el sí al estadio nuevo fuera del centro de la capital.

Comunicóloga. Reportera. Antes en: juanfutbol, VICE en Español, Cámara Húngara, Goal en Español, Referee. Contacto: an.cmanjarrezt@gmail.com, Tw: @_anniemals

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