La reconstrucción de Nadal terminó en Roland Garros

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“Es uno de los días más difíciles. Tengo que retirarme del torneo más importante de mi carrera, un torneo que amo mucho”, escribió Rafael Nadal el 27 de mayo del año pasado, cuando una lesión en la muñeca izquierda lo dejó fuera de la tercera ronda en Roland Garros.

Es el torneo que más ama porque le pertenece.

Ahora con una decena de ejemplares de la Copa de los Mosqueteros, la mayoría de las ediciones desde el 2005 para el resto se tratan de tratar de arrebatar el trofeo que lleva su nombre; solo ha fallado al título en 2009, 2015 y 2016. Para dejarlo claro, nadie en la era profesional ha ganado tantas veces un Grand Slam como él.

Aquella vez prometió volver, deseó tener las oportunidad de ganarlo. La ausencia de Nadal permitió que Novak Djokovic consiguiera el Grand Slam completo que sacudió su carrera; historia aparte, pero ahora que el español ha regresado al protagonismo del circuito sin dudas, el serbio piensa en el descanso. Justo como Rafael lo planteó en los años anteriores, vacío de títulos major, cuando las lesiones lo acecharon y su cabeza, debido a la ansiedad, fue su peor enemigo:

“Más allá del juego o de perder, que entra dentro de la lógica del deportista y con lo cual nunca he tenido problemas, se trata de un agobio interior, de no controlar los tiempos ni del punto ni de la pelota ni de la respiración. Al no controlar la respiración, dejas de controlar todo lo demás”, así narró la angustia para El Mundo, cuando sintió superado el mal tramo del 2015.

Imagina ser preso de tu mente dentro de la cancha en un juego solitario. Eres solo tú y tu oponente, las instrucciones desde el box están prohibidas, los descansos son pequeños, a veces silenciosos, pero casi siempre entre el bullicio del público. Te quedan las charlas contigo, la furia contenida para no exaltar a nadie, los gestos de dolor, tragar el reclamo. A Nadal no le va el enfado público, ¿le han dado ganas de azotar raquetas? No, nunca ha sido un hábito gracias a su familia, a su tío, Tony Nadal, quien atribuye la disciplina del tenista a una “disposición mental inmejorable” y al trabajo consciente de su “aguante”.

Se despidió de los estadios una y otra vez con los labios apretados en señal de insatisfacción, nada le funcionaba y tras su sorpresiva eliminación ante Dustin Brown, 102 del mundo, se plantó en la conferencia de prensa con un gesto desolador. Una de sus peores exhibiciones se quedó ahí, en el pasto de Wimbledon en 2015, y ese día se atrevió a hablar de detenerse: “Si seguimos así durante dos años más ya veremos”. La prensa se apresuró a llenarlo de preguntas en cada ocasión sobre su futuro, esos tópicos y titulares que orillaron las opiniones al pesimismo.

Ese año se fue sin títulos de Grand Slam, no había pasado desde su salto a la élite mundial. Ganó tres títulos en la superficie que es su especialidad: Hamburgo, Stuttgart y Buenos Aires; le falló a París, cayó ante Novak Djokovic. El rostro triste y la voz pausada se repitió porque una década después de meterse entre los diez mejores de la ATP, Nadal tuvo la peor caída su carrera pasó del top 3 al borde de abandonar la lista de protagonistas.

Tres temporadas antes, lo habían considerado el mejor tenista del mundo y algunos se cuestionaron si sería pronto el mejor de la historia. Si la temporada anterior se trató de lamentos por la rodilla, el 2016 cerró tormentoso por esa lesión en la muñeca que lo obligó a dejar París, una vez enfilado a casa con los títulos de Barcelona y Monte-Carlo, creyó en dejar atrás los retiros repentinos y las derrotas dolorosas del inicio. No fue así. El cierre de año traicionó la preparación del regreso contemplado, se bajó de Wimbledon y en compensación, se entregó totalmente a la conquista de la medalla en Río, llevó la bandera, una ilusión frustrada por lesión en Londres; llegó solo hasta semifinales y en pareja obtuvo la presea dorada. Un esfuerzo casi sobrehumano porque compitió en las tres modalidades disponibles. El año terminó pronto, sin éxito en el último Grand Slam, y en el noveno sitio del ranking.

De nuevo, ¿Nadal pensó en retirarse? “El hecho de que no haya ido bien no va a hacer que deje de seguir trabajando”. La fuerza mental estuvo ahí, en cada nuevo intento de conquista que fracasó hasta plantarse en tierra batida, ese terreno lento en donde incomoda al rival que espera por el error de un atleta calculador, que sabe medir la velocidad en los peloteos largos y tiene en la resistencia física su principal fortaleza. Si Roger Federer se adueñó de los primeros meses del 2017 con un regreso tan abrumador como excitante, incluso derrotándolo en Australia, Rafael Nadal se quedó con el verano, empezó por Monte-Carlo, ganó en Barcelona, después en Madrid, un paso antes de pasar por encima de sus rivales en París para llevar en el equipaje la Copa de los Mosqueteros; tres de esos títulos fueron décimas conquistas.

Common Creatives.

Roland Garros se trató de bajarlo de la nube en la que llegó y ninguno fue rival suficiente, Rafael Nadal no cedió un solo set. A Stan Wawrinka, el de la impresionante fortaleza física e invicto en sus finales en París, lo llevó a la desesperación de doblar una raqueta, morder una pelota y a la resignación con el aplauso a un punto increíble cuando Stan cruzó un revés y Nadal devolvió una paralela que parecía imposible… el título estaba definido. Stan nunca pudo más que él.

“Si yo he podido, alguien puede, porque no me considero muy especial, pero no sé si yo voy a ver a alguien que lo supere”, dijo sobre su dominio en París, durante la conferencia posterior a la final. Rafael Nadal iniciará la semana en la segunda posición del ranking que lidera un desorbitado Andy Murray. No estaba ahí desde hace dos años y medio, le preguntan por la cima y se preocupa poco en responder que su prioridad es jugar bien.

Comunicóloga. Reportera. Antes en: juanfutbol, VICE en Español, Cámara Húngara, Goal en Español, Referee. Contacto: an.cmanjarrezt@gmail.com, Tw: @_anniemals

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