Las dos grandes derrotas de Obama: el Mundial y los Juegos Olímpicos

Julio 2009, una mueca de tristeza exagerada evidencia la derrota, Barack Obama -uno de los hombres más poderosos del mundo- sostiene una camiseta autografiada de la Selección Brasil, el regalo de Lula Da Silva, quien completa la imagen que después fue objeto de memes.

Un par de días antes, Brasil le había arrebatado con una voltereta el título de la Copa Confederaciones a la Selección de Estados Unidos. Un dolor superficial, comparado con lo que vendría después.

Obama, vistiendo la camiseta de la ciudad de Chicago en Copenhague, perdería la sede de los Juegos Olímpicos del 2016, mientras Lula lloraba de alegría. No sólo fue Río de Janeiro, quedó de último contra Tokyo y Madrid. ¡¿Cómo podía ser?! Si el propio Barack había viajado hasta allá, como ningún mandatario de su país hizo antes, seguro de un regreso triunfante.

El fracaso inauguró su gestión, después vendría la negativa de la FIFA para el Mundial del 2022.

El mundo 2–0 Estados Unidos.

Así calificaron analistas políticos de su país el atrevimiento, un exceso de confianza en su popularidad alrededor del globo y un tropiezo aprovechado por los republicanos para regocijarse del intento por llevar los Juegos Olímpicos a veinte años de Atlanta.

Fallaron los cálculos, Chicago se quedó en la primera ronda y obtuvo apenas 18 de 94 votos posibles. De nada sirvió el emotivo discurso de Michelle Obama evocando a su infancia y las enseñanzas de su padre. Los miles que esperaban en la Plaza Daley abrieron los ojos y la boca después de escuchar el mensaje, las pancartas se convirtieron en basura. En unos segundos dijeron adiós a los empleos, al posicionamiento de su ciudad y la esperanza de quitarse de encima el estigma de Al Capone.

Barack tuvo una explicación más “canchera” frente a la decisión del Comité Olímpico: “Una de las cosas más valorables en el deporte es que puedes jugar un gran juego y aún así no ganar”, ese “partidito de exhibición” les había costado aproximadamente 50 millones de dólares, invertidos en una campaña de cuatro años que debía significar un salto para su economía. La realidad los sacudió, Estados Unidos no es el favorito del mundo y su presidente tampoco lo es. ¿Quién perdió más?

Donald Trump revivió el episodio en abril de este año, en medio de su campaña contra el partido demócrata:

“¿Recuerdan cuando el presidente hizo un viaje largo y costoso a Copenhague, Dinamarca, para traer los Olímpicos a nuestro país? Y después de este esfuerzo sin precedentes, fue anunciado que Estados Unidos terminó en cuarto, ¡cuarto sitio!”. Continuó: “Él debió saber el resultado antes de hacer tan vergonzoso compromiso. Se rieron de nosotros alrededor del mundo como lo han hecho tantas, tantas veces. La lista de humillaciones sigue y sigue”.

A decir verdad, la aceptación de la comunidad en Chicago no era total, aunque los líderes habían prometido que la campaña significaría un beneficio económico importante y la creación de una organización deportiva World Sport Chicago que todavía no consigue el rendimiento esperado.

Antes de la negativa del Comité Olímpico Internacional, una encuesta del Chicago Tribune reveló una apretada disputa de argumentos entre los habitantes de la ciudad, el 47% estaba a favor y el 45% se manifestó en contra, les preocupaba la economía, el tráfico y el 84% rechazaban el uso de dinero público en los Juegos Olímpicos. Sin embargo, los organizadores sostenían que la mayoría de los recursos serían provistos por la iniciativa privada, patrocinadores y donativos.

La experiencia de Río de Janeiro les ha dado un motivo de celebración, por más cruel que se escuche. La quiebra de la ciudad, la pobreza magnificada, el aumento de la inversión pactada al inicio, los conflictos policiales por desalojos y asesinatos como parte de una “limpieza social”, es la expresión, de acuerdo con diversos medios locales, de un triunfo que nunca esperaron tener sin los Juegos.

Precisamente en agosto pasado, Chicago registró el mes más violento de las últimas dos décadas con 85 asesinatos, atribuidos a la violencia pandillera y al exceso de armas ilegales. Sumado al estancamiento económico que en una de sus consecuencias, en 2013, obligó al cierre de 50 escuelas en las comunidades mayoritariamente hispanas y afroamericanas por falta de fondos, el registro más alto en la historia del país. “La ciudad del presidente”, ha dicho Donald Trump en diferentes ocasiones para acusar la inacción ante la escalada de criminalidad en la localidad que Obama adoptó como su hogar en la juventud.

Barack no es el fanático número uno del futbol. Su amplia sonrisa ha sido captada mientras juega basquetbol o sosteniendo un jersey de su equipo, los Chicago Bulls, o cuando los mira desde la primera fila del United Center. Pero en su carta a Joseph Blatter en 2009 expresaba la importancia de ser hogar del deporte global con candidaturas simultáneas para 2018 y 2022, una vez más, la intención del golpe a las emociones con los recuerdos a su infancia en Jakarta.

La candidatura estaba respaldada principalmente por la infraestructura; después de un proceso de selección, el país propuso al inicio 50 ciudades y finalmente se cerró a 18, entre ellas: Miami, Nueva York, Washington, Los Ángeles, Boston, Houston. La seguridad en su proyecto era tal que plantearon una asistencia de 5 millones de personas y el ingreso de 1,000 millones de dólares por concepto de entradas. Una cantidad sin precedentes que apostaron impresionaría a Blatter y su séquito.

Estados Unidos determinó retirar su candidatura para el Mundial de 2018 con la intención de centrar esfuerzos en el 2022. La confianza en la figura de Obama se hizo presente, tal como ocurrió en la búsqueda de los Olímpicos:

“El apoyo de un presidente que es extraordinariamente popular alrededor del mundo es una enorme ventaja”, dijo Sunil Gulati, presidente del Comité de la Candidatura y presidente de la Federación de Futbol de Estados Unidos.

El subcampeonato en este nuevo partido no servía de nada y eso obtuvieron los norteamericanos. En la cuarta vuelta, un país de clima desértico y con escaso interés en el futbol les ganó por seis votos. Junto a su derrota, el gozo de Rusia por el primer Mundial en su historia, el del 2018.

El FBI, con o sin intención, se encargó del arrepentimiento de la FIFA. La persecución y captura de los poderosos de la Federación comparada con escenas propias de un filme hollywoodense, en medio de reuniones truculentas y lujos, habría ocurrido como venganza de Estados Unidos por malos perdedores.

Al menos así lo consignó Blatter sin titubeos, una vez que fue exhibida su participación en un escándalo por millonarios sobornos: “Si se hubiera votado por Estados Unidos, los estadounidenses no habrían tenido razones para atacar a la FIFA porque habrían tenido su Mundial y hoy habría finalizado mis cuatro últimos años de mandato tranquilamente”.

En su versión culpó a Platini de un cambio en el plan secreto, pero diplomático que había asegurado el sí a la petición de Barack Obama; la clave: la intervención francesa. “Todo estaba bien hasta el momento que (el presidente de Francia Nicolás) Sarkozy se reunió con el príncipe de Qatar, Tamin Bin Hamad, y en un almuerzo posterior con el señor Platini, él dijo que sería bueno ir a Qatar. Eso cambió todo el plan”.

El escándalo por la supuesta compra de la sede no ha parado y de acuerdo con las estimaciones previas, el triunfo de Estados Unidos habría representado un impacto económico de 400 a 600 millones de dólares para cualquiera de las ciudades anfitrionas. La presidencia dice que aprendió la lección por la deshonestidad en las elecciones de la FIFA y el Comité Olímpico Internacional.

Sin embargo, la consideración del poco beneficio económico tras la organización de un megaevento es creciente; en palabras de Nick Zaiac, investigador de políticas públicas en Washington, en PanAm Post, el impacto es más simbólico que económico:

“Hoy, albergar un evento como la Copa del Mundo es más un símbolo de estatus que otra cosa. Es un signo de extravagancia y poder, con todas las cámaras del mundo apuntado a un sitio al mismo tiempo. Es un medio para justificar grandes cantidades gastadas en proyectos brillantes. Una nación anfitriona espera mostrar que ha llegado al estatus de una nación modelo. Espera terminar con los estereotipos extranjeros y mostrar que son importantes”.

“Barack Obama habla el lenguaje de los deportes”, dijo Jim Bell, productor ejecutivo de NBC Olympics, cuando Sports Illustrated le consultó si consideraría a Barack Obama para ser parte del equipo de analistas una vez que termine su mandato. Durante los años de gestión, ese carisma y conocimiento le sirvió de poco para llevar los eventos deportivos de mayor importancia, pero, según la última investigación de Pew Research Center, cerrará las puertas de la Casa Blanca con mejores registros de estima como presidente y de imagen del país frente al mundo que su antecesor George Bush.

Comunicóloga. Reportera. Antes en: juanfutbol, VICE en Español, Cámara Húngara, Goal en Español, Referee. Contacto: an.cmanjarrezt@gmail.com, Tw: @_anniemals

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